Una Medalla de Premio a la Lealtad de la Guerra de la Independencia

por Alan Luedeking

            Recientemente vimos un artículo sobre una rarísima medalla de premio a la fidelidad de 1783, dada a los caciques indios que apoyaron la causa realista en el levantamiento encabezado por Felipe Condorcanqui Túpac Amaru II.[1] Esa medalla fue mandada a hacer por Carlos III después de aprobar las medallas que con similar propósito había mandado a hacer por su propia iniciativa en 1781 el regente de la Real Audiencia de La Plata en la provincia de Charcas, Don Jerónimo Manuel de Ruedas.

 

            La práctica de otorgar una medalla a un indio fiel se mostró sumamente eficaz como medio de incentivar a los indios a permanecer fieles al lado español, ya que estas pequeñas muestras de aprecio y agradecimiento aparentemente motivaron a muchos indios más a tratar de ganarse la propia. Es decir, se comprobó que estas medallas eran muy preciadas por los indios y servían de gran incentivo para mantenerlos fieles a la causa realista.
Esto a su vez llevó a que se volviera casi una costumbre de rigor premiar a los indios y criollos que apoyaron el lado realista y se hizo extenso durante la guerra por la independencia en los territorios del Alto Perú que hoy comprenden Perú y Bolivia. Fueron muchos los indios y criollos así reconocidos, a tal grado que estos llegaron a ser conocidos comúnmente como los «amedallados», en contraste con los que batallaban por la independencia y autonomía del yugo español, a los cuales se les apelaba «patriotas». Esto es particularmente evidente en un importantísimo documento de la época, intitulado Diario de Un Soldado de La Independencia 1814-1825 escrito por José Santos Vargas.[2] Este señor llegó a ser comandante de la guerrilla independista y por dicha tuvo como hobby escribir día a día lo transcurrido en las batallas de las que fue partícipe y su entorno político. En este valioso diario encontramos numerosas instancias del uso de esta terminología, por ejemplo:

 

El hijo de esta Rafaela,llamado Tomás Ríos, se hallaba de diestro

con el gobernador Sánchez Lima. Cuando fue a empeñarse por su

madre de que cómo lo había de fusilar a una mujer anciana por sólo

haber tenido un resguardo de los alzados que sería para que no la

perjudicasen en sus cortos animalitos algún oficial de la Patria, le dijo

que había sido una alzada su madre y quizá moza de Lira, y así que

debe morir; que a él por sus servicios hechos al rey le condecoraba

en su nombre con una medalla. Lo hizo amedallado y muy contento

se quedó en servicio del rey de España: más quiso ser amedallado

que sentir por su madre.[3]

           

Aquí otro ejemplo:

El 13 de enero por la noche lo asaltó el comandante general de

indios de la Patria don Andrés Simón a otro indio llamado Esteban

Tola en una casa en la estancia de Chapimarca, hacienda de Sihuas.

Lo llevó a la loma y altos de Rearrea donde lo mató a palos y a lanza

porque Tola era amedallado por el rey, que Sánchez Lima lo hizo por

sus servicios grandes, y muy vigilante se hizo entregando capitanes

de la Patria y otros méritos contraídos a la corona real.[4]

 

            Aquí vemos que el indio llamado Esteban Tola fue «amedallado» por Sánchez Lima, por sus «servicios grandes» en entregar a los españoles algunos «capitanes de la Patria» y por otros «méritos contraídos a la corona real».

 

sanchezJuan Sánchez Lima fue un Sargento Mayor de Infantería del Regimiento de Extremadura. Por orden del Virrey Pezuela fechada 20 de julio de 1816, fue nombrado Gobernador Intendente de la ciudad de La Paz (hoy en Bolivia), en sustitución del cruel gobernador Mariano Ricafort Palacín y Abarca, y ascendido a Teniente Coronel de infantería en la misma orden. Sin embargo, Sánchez Lima no debía posesionarse de este cargo mientras Ricafort llenara su comisión, y hasta cuando Ricafort tuviese a bien dejar el puesto. Mientras tanto, Ricafort lo ocupó a Sánchez Lima en comisiones de empréstito en Larecaja y en expedicionar contra los insurgentes de los valles. El 31 de enero de 1817 Ricafort anunció al Cabildo que dejaba el mando y ordenó que recibiesen a su sucesor. El día siguiente, el Cabildo, en sesión extraordinaria del 1ro de febrero, acordó recibir a Juan Sánchez Lima inmediatamente con todas las formas de estilo. En ese día finalmente Sánchez Lima se posesionó del gobierno de La Paz, puesto que desempeñó hasta 1822. Según parece, Sánchez Lima era bastante querido por la población, y llevó a cabo muchas obras públicas en beneficio del pueblo y la ciudad, incluyendo «la Alameda con su hermosa fuente de berenguela al centro, los Puentes de San Juan de Dios y de Obrajes y muchas otras más que atestiguan su espíritu emprendedor y progresista».[5] También se dijo de él que «Sánchez Lima ha dejado en La Paz memoria imperecedera. Su nombre es el único que vemos grabado en mármol y granito en las obras públicas de aquella época (1817) y es también el único que no lleva salpicaduras de sangre en sus áureas cifras».[6]

            Sánchez Lima gozaba de la amistad y protección del Virrey Pezuela, y «…en 21 de mayo de 1817 el mismo Virey dió a Sánchez Lima el grado de Coronel de Ejército en premio de los distinguidos servicios que ha hecho a S. M. y en especial en la expedición peligrosa y atrevida que con mui ventajoso suceso acaba de ejecutar contra Lira y sus secuaces en los valles de La Paz destruyéndolos completamente.»[7]

 

            Como vemos, Sánchez Lima era un hábil soldado en servicio de la causa española, y aún después de ser nombrado gobernador de La Paz, siguió con sus funciones militares, dirigiendo las expediciones en contra de las fuerzas del general José Miguel Lanza, quien sostenía la causa de la independencia en las provincias de Yúngas, Inquisivi, Larecaja y Ayopaya. La historia de estas batallas, la captura de Lanza, su fuga, y derrota final son en sí, historia que pareciera novela. Pero regresemos ahora al tema que nos interesa, y eso son las medallas, las cuales según desprendemos de la literatura de la época, otorgó Sánchez Lima a los indios fieles a la causa española contra los rebeldes patriotas que luchaban por la independencia:

 

Con la muerte de Muñecas en el altiplano, Warnes en Santa Cruz y
Padilla en Chuquisaca, el único adversario importante del virrey de Lima
en el Alto Perú era Lira y sus aguerridas huestes. Las acciones represivas
estaban a cargo de Juan Bautista Sánchez Lima, gobernador de La Paz,
apoyado por Francisco Bohorquez, subdelegado, precisamente, de Ayopaya;
Agustín Antezana, de Quillacollo y Francisco España, de Sicasica quienes
sumaban 1.300 hombres. Se ganaban la adhesión de los indígenas repartiendo medallas o condecoraciones a los más connotados.
[8]

           

 A continuación vemos que no eran pocos los «amedallados»:

 

Enteramente se rebelaron todos los indios contra nosotros, así es

que andaban partidas de éstos (hasta las mujeres) con un cierto

disfraz preguntando dónde estaba el comandante Lira y sus oficiales,

que un hijo estaba con él o en su compañía. Teníamos un recelo

grande aun el presentarnos a cualquiera mujer. Más se rebelaron los

de la doctrina de Cavari. Con este motivo fueron muchos amedallados,

como don Carlos Apunte cacique, don Andrés Rodríguez que más antes
era oficial de la Patria, don Antonio Rodríguez hermano del anterior,
don Tomás Ríos, don Nicolás Ticona, don Lázaro Fresco, don Miguel
Vinalgas, el yerno de éste (Eusebio de tal) y otros más.
[9]

           

Y ahora vemos qué tipo de servicios ameritaban que se otorgara una medalla a los colaboradores españoles, los cuales, desde el punto de vista del autor rebelde patriota nos hacen ver que en tiempo de guerra no siempre triunfa el honor y la magnanimidad:

 

El 23 de enero [de 1817] había estado oculto el comandante don Andrés Simón

en un río que llaman Villinchayani en la doctrina de Ichoca. Este

estaba acompañado con un asistente que tenía llamado Manuel

Mateo, indio del anexo de Sirarani en la mesma doctrina. Este fue el

que dio parte a los grupos de indios que andaban buscando a los patriotas.

Este se encontró con un paisano de Oruro don Juan Montesinos

(alias el Mana-micusca, que quiere decir sin comer) que había

acaudillado a una tropa de indios. El asistente se comprometió

entregar a sus manos al comandante general de indios don Andrés

Simón. Los lleva a sorprender. El que encabezaba, don Juan Montesinos,

se puso en un caballo bayo en el alto. Cerca de 100 hombres van a agarrarlo
El ya dicho asistente Manuel Mateo iba por delante. Como todo lo sabía
y veiya se enderezó por la cueva. Le grita en que le llevaba de comer y buenas

noticias de la Patria. El comandante don Andrés Simón, oyendo y conociendo
la voz de su asistente, salió del bosque donde se hallaba, se encontró y le dice:

– Hijo y compañero, ¿cómo te va? Me has dado mucha pesadumbre.

Yo pensé que te haygan pillado los enemigos o al menos que te

hubiese sucedido algo. Por acá creo que andan mucho. Será preciso

que nos retiremos a otros lugares.

 Entonces le contestó el tal asistente:

– Ya nos iremos luego a lugares remotos, tanto que ya no

veremos a nadie ni nadie a nosotros.

Hace la seña. Los otros, que lo iban mirando todo, se agolpan.

Andrés Simón corre y le dice al asistente:

– Ah hombre ingrato, ¿cómo me entriegas a mis enemigos? ¿Así pagas al favor que te
hice de librarte de la recluta y tanto que te 
aprecié? ¿Esta es la comida que me habéis traído y la buena noticia de mi Patria?

 De una pedrada lo hacen caer al suelo, en donde se cargaron, lo amarraron y lo sacan  para arriba, lo llevan hasta la estancia de Sacasaca donde lo matan. Entonces don Juan Montesinos del alto manda a que le corten la cabeza, y carga a Oruro.

Después gana su medalla Montesinos como asimismo el asistente.[10]

 

       

           

Generalmente, en décadas anteriores, en lugar de medallas formalmente acuñadas, se solía dar monedas de busto de 8 reales, o de 4 u 8 escudos en oro, colgadas por un lazo alrededor del cuello del recibidor. Pero, hay que suponer que algo más ha de haberse hecho para convertirlas en verdaderas medallas. A pesar de que estas medallas se otorgaron con bastante frecuencia, y a muchos indios, son virtualmente desconocidas hoy. ¿Porqué, si fueron tantos los “amedallados”, son tan raras estas piezas hoy en dia?

            Un motivo de su escasez es el metal precioso que componía estas piezas, el cual indudablemente resultó en que se fundieran en un posterior momento de necesidad económica. Pero la explicación principal, en mi opinión, es esta: Después de la victoria de los “patriotas” rebeldes sobre los realistas y la consecuente expulsión de las fuerzas españolas del Alto Perú, es de suponer que cualquier medalla de estas, conmemorando la fidelidad al rey y al lado perdedor, sería testigo irrefutable de traición a la causa de la independencia, y vista como muestra de enemistad. El portarlas ya no conllevaría ningunos beneficios ni privilegios; más bien sometería al portador a toda clase de peligros y acusaciones. Por ende, casi todas estas medallas han de haber desaparecido muy rápidamente con el triunfo final de los patriotas.

            Este suceder no es sin precedente: después del levantamiento de Augusto César Sandino en Nicaragua en 1927, él mandó a fabricar unas monedas de plomo fundidas, con las cuales pagaba a sus secuaces. Estas monedas de Sandino eran enteramente fiduciarias en su naturaleza; eran monedas de necesidad o vales por “10 Pesos Oro” que Sandino se imaginaba iba a poder redimir en un futuro cuando hubiese ganado su guerra. Para abastecerse de dinero cogía lo que necesitaba por la fuerza, como el café que despojaba a las haciendas de las Segovias y mandaba a vender a Honduras por $10 el saco, y pagaba a los peones de las haciendas con sus monedas de plomo. Tras la derrota definitiva de Sandino y sus fuerzas, sus monedas desaparecieron casi inmediatamente del escenario de los eventos. El motivo lo explicaron Molina y Luedeking en su ponencia[11] presentada en el segundo congreso centroamericano de numismática a como sigue:

            “La escasés de estas monedas en la actualidad indudablemente es consecuencia del hecho que poseerlas podría haber sido interpretado como un apoyo a la causa de Sandino, y esto implicaba un peligro de muerte para los tenedores de las mismas; además, luego de la derrota de Sandino, quienes las tenían hubieran perdido cualquier esperanza de poderlas redimir.”

            Regresando ahora al tema de las medallas de premio, como dijimos antes, estas se otorgaron con bastante frecuencia, y a muchos indios. Habiendo sido tantas, y sin documentación formal que las autorizara o mandara a hacer a las cecas, es de suponer que hayan sido piezas no muy sofisticadas, fabricadas relativamente rápido. Sin embargo, algún significativo esfuerzo se hizo para convertir estas piezas en algo más que una simple moneda; es decir, convertirla en una verdadera medalla de premio, con bastante atención a los detalles de la misma. Y efectivamente, así fué. Viendo ahora por primera vez el ejemplar que presentamos a continuación, se nos hace obvio que aunque aparezca algo cruda, es sin embargo testigo de que se hicieron con bastante cuidado pero disponiendo de los pocos medios que estaban al alcance.

Este bonito ejemplar fue mandado a hacer por el gobernador intendente de la ciudad de La Paz, Juan Bautista Sánchez Lima, en el año de 1817, y tenemos el gusto de publicarla aquí por primera vez en español.[12]

 

meda_alan.jpg

Medalla de premio por la lealtad otorgada por Juan Sánchez Lima en 1817

           

La medalla fue hecha de una moneda de 8 Reales tipo busto del rey Fernando VII, cuya ceca de origen ya no se puede distinguir, la cual ha sido meticulosamente borrada, dejando únicamente el busto del rey, y luego regrabada. A las 12 horas del reloj en el anverso, la pieza muestra un agujero para suspensión hecho por un clavo de la época de forma cuadrada, impartiendo el golpe en el lado del anverso y atravesando la moneda de anverso a reverso. El canto, bastante crudo, ya no muestra restos de su acordonado de cadeneta original. La pieza pesa 22.35 gramos y mide entre 38.7 y 38.9 mm.

 

            En su anverso la medalla luce una guirnalda de hojas de laurel a cada lado del busto con F 7o grabado debajo del tronco del busto, encima del entrecruzado de las ramas de laurel. En las cavidades del grabado se distinguen claramente los restos del dorado que una vez gozó la pieza, cuyo desgaste muestra que fue llevada muchos años al pecho por su portador. Creemos importante destacar esas ramitas de laurel: son una característica muy particular de las medallas al mérito y fidelidad; véanse por ejemplo las medallas de los reyes Carlos III, Carlos IV, y Fernando VII reproducidas en Medina.[13]

           

         El reverso de la pieza muestra una inscripción burilada a mano que reza: «Por Amor, Constancia y Lealtad a su Rey. El Gobernador Intendente Don Juan Sánchez Lima, Año de 1817». La inscripción está arreglada en cinco líneas así:

Por
Amor const.
y lealtad á su Rey
El Gôv. Yn
te Dn Ju
an Sánchez Lima
Año de 1817

            La pieza apareció en el año 2007 en el inventario de un comerciante numismático norteamericano. Es el único ejemplar que hayamos visto hasta la fecha, y lo consideramos un importante recuerdo del sangriento capítulo de nuestra historia que culminó en la independencia de los pueblos de Sud América de España, hecha por uno de los grandes personajes directamente involucrados en los acontecimientos de su época. ª


[1] Luedeking, Alan, El Legado Numismático de la Insurrección de Túpac Amaru II, en IFINRA, Mayo 4, 2018. https://ifinra.wordpress.com/2018/05/04/el-legado-numismatico-de-la-insurreccion-de-tupac-amaru-ii/
[2] Santos Vargas, José; Diario de Un Soldado de La Independencia 1814-1825 en «Diario De Un Comandante De La Independencia Americana 1814 – 1825» del Archivo y Biblioteca Nacionales De Bolivia, publicado en 1853, también conocido como el «Diario del Tambor Mayor Vargas», publicado por Universidad Mayor de San Francisco Xavier de Chuquisaca, Sucre, 1952); Existe una segunda edición editada y publicada por Gunnar Mendoza L., México, 1982. Encuéntrase en: https://www.scribd.com/doc/129869908/Diario-de-Un-Soldado-de-La-Independencia-1814-1825
[3] Santos Vargas, ibid., pág. 180.
[4] Santos Vargas, ibid., pág. 181. *Este retrato de Juan Sánchez Lima es el único que he podido encontrar, cortesía del Gobierno Autónomo Municipal De La Paz, en https://www.scribd.com/doc/43635340/Paseo-El-Prado.
[5] Sociedad Geográfica de La Paz, Boletín, Números 16-29, 1902.
[6] Valdés Julio Cesar, Siluetas y croquis: artículos sueltos, Imprenta de La Razón, La Paz, 1889, pág. 242.
[7] Acosta, Nicolás, Guía del viajero en la Paz: noticias estadísticas, históricas, locales, relijiosas templos, hoteles, edificios, antigüedades, etc., La Paz, 1880, págs. 99-100.
[8] Roca, José Luis; Ni con Lima ni con Buenos Aires: la formación de un estado nacional en Charcas, Travaux de l’Institut Français d’Etudes Andines, Plural editores, La Paz, 2007, pág. 246.
[9] Santos Vargas, ibid., pág. 181.
[10] Santos Vargas, ibid., pág. 184-185.
[11] Rivo Molina Zambrana y Alan Luedeking, “10 Pesos Oro de Sandino”, ponencia en el segundo Congreso Centroamericano de Numismática (II COCENU), San José, Costa Rica, 25 de Septiembre de 2014.
[12] Esta pieza se publicó por primera vez en un artículo en inglés en Junio del 2007. Véase, Luedeking, Alan, A Proclamation Piece of La Paz, Bolivia, 1817, en Numismatics International Bulletin, Volumen 42 Número 6, Junio de 2007, págs. 127-128.  En ese artículo, su servidor erróneamente la describió como una medalla de proclamación o jura de lealtad a su rey por Juan Sánchez Lima. Pero viéndola nuevamente a la luz de las investigaciones llevadas a cabo para este artículo, estamos seguros que la pieza es más bien un ejemplar de las muchas medallas otorgadas por Sánchez Lima a los «amedallados» por sus servicios a la corona española.
[13] Véanse Medina, José Toribio, Medallas Coloniales Hispano-Americanas, Santiago, 1900, pág. 16, No. 5; pág. 60, No. 39; pág. 72, No. 49; pág. 80, No. 58; págs. 98-99, No. 74; págs. 101-102, No. 80; y también Medina, José Toribio, Medallas Coloniales Hispano-Americanas  – Nuevos Materiales para su Estudio, Santiago, 1919, pág. (7) No. 1; págs. 14-15, No. 9; y pág. 18, No. 12.

©2018 Alan Luedeking

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