MEDALLAS DE PAZ Y DE RECONOCIMIENTO A LA FIDELIDAD DEL REY DE ESPAÑA A LOS INDIOS AMERICANOS

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INTRODUCCIÓN

por Fernando Chao (h) 

Las medallas entregadas a los jefes indígenas americanos por las autoridades de los diversos poderes coloniales solamente han sido exhaustivamente estudiadas, en los casos de las piezas inglesas y de las francesas. De las españolas, a lo largo del siglo XIX y casi todo el XX,  se han reproducido en forma aislada, algunos raros ejemplares, quedando firme la idea errónea, de que este tipo de política de seducción no fuera considerada o empleada por ellos. Como se comprobará con la siguiente clasificación, este concepto es totalmente erróneo.

Las políticas territoriales llevadas adelante en los diferentes procesos de conquista, fueron diametralmente opuestas. En general, ingleses y franceses fundaban factorías, habitualmente portuarias, y comerciaban con los aborígenes del lugar, los artículos que pudiesen ser de algún interés comercial en sus respetivos países. Con los nativos, casi como regla general, por parte de dichos gobiernos europeos, no había interacción, eran impensables los lazos familiares, ni existía ningún tipo de preocupación por su educación o por la religión que practicasen.

En el caso de España, el tipo de conquista fue totalmente distinto. La asimilación de las estructuras preexistentes de los grandes imperios, tanto en la América Central, como en la del Sur y la preocupación por fundar ciudades enclavadas en plenos territorios de indígenas, para así inculcarles la religión católica y asimilarlos o atraerlos a la obediencia al Rey, con una clara política de mestizaje, fueron predominantes de un extremo al otro de tan vastos territorios.

La incorporación de esas extensas masas de población a la estructura colonial española, se hizo generalmente respetando y manteniendo las jerarquías locales, lo que implicaba reconocer a los caciques o aún a los miembros de la realeza incaica, como verdaderos aristócratas en estas provincias españolas de América. La europeización de muchos de los líderes originales, puede verse en los retratos que se les realizaron a los descendientes de los Incas, en los que visten y lucen, como los hidalgos españoles contemporáneos. Esta política de asimilación civil y de sincretismo religioso, se mantuvo sin modificaciones por casi dos siglos y medio.

En el siglo XVIII, la puja por los territorios de la América del Norte entre las tres potencias mencionadas, llevó a una política de seducción de los jefes de las distintas tribus ocupantes de dichas regiones, pues no existía ninguna estructura superior con la que pactar o a la que asimilar. Los españoles debieron recurrir a unas medallas destinadas, en un principio, por Carlos III a las fuerzas armadas americanas. Hechas en dos diámetros, se utilizaron como obsequio a los jefes indígenas las mayores, en reemplazo de las más pequeñas utilizadas en un comienzo,  pues tanto las inglesas como las francesas eran más grandes y los indios las veían como una mayor señal de aprecio. De las primeras “Al Mérito” que se utilizaron, las de oro de pequeño diámetro, quedaron reservadas exclusivamente para distinguir a las tropas hispanas.

Un segundo caso se presenta, en forma casi contemporánea,  durante las revueltas en el Perú y en el Alto Perú, de los quechuas y de los aymarás. Éstas, pasaron a denominarse, a pesar de tratarse de dos procesos distintos, aunque simultáneos, como de “Túpac Amaru”, nombre del líder quechua. Aquí, con buen criterio, se decidió premiar “La Fidelidad” de los aborígenes. Tenemos que comprender en qué consiste la evidente diferencia semántica. En lo que hace a los criollos y más aún, a los españoles en América, su fidelidad al Rey, se daba por descontada. En el caso de los indios, estas revueltas llevaron a distinguir entre aquellos sublevados y, por otra parte, todos los demás que habían permanecido “Fieles” a Su Majestad. Es por ello que se utiliza, justamente en estas distinciones, el término “Fidelidad”.

Durante los primeros años del reinado de Carlos IV, se siguió luchando por mantener bajo su gobierno, a los territorios de la Luisiana, en Norte América. Para ello se recurrió nuevamente a medallas “Al Mérito”, fabricadas en España con el busto del nuevo Rey. Las guerras napoleónicas, que entorpecieron los viajes a través del Atlántico, llevaron a la fabricación de piezas similares en México, desde ya que con el mismo propósito. La deposición de Carlos IV y la designación de Fernando VII como nuevo monarca, llevó a que comenzaran en América, las guerras por la Independencia, que duraron hasta 1825.

Durante este interesante período, la mayoría de los indígenas permanecieron fieles al Rey de España. Esto es comprensible, pues los recuerdos atávicos de las luchas seculares entre las distintas tribus, así como los innumerables sacrificios humanos exigidos por los jefes indígenas triunfantes, hacían ver a esos casi tres siglos de gobierno español, como el único verdadero período de paz en el que habían podido vivir sin miedo y coexistir a pesar de las diferencias  étnicas. Fueron muchos los regimientos, formados exclusivamente por indios, que lucharon a las órdenes de jefes españoles y en gran cantidad de casos, combatieron por mantener el gobierno monárquico, bajo el que hasta entonces vivían.

En la reconquista de Chile por las fuerzas españolas luego del primer intento independentista, el accionar de los aborígenes chilenos en favor del Rey, fue fundamental. En las guerras del Alto Perú, muchos de los regimientos indígenas, integrantes de los ejércitos realistas, lucharon con decisión y valor. En unas memorias de época, se recoge una discusión entre dos grupos indígenas opuestos, en la que los partidarios de los realistas, decían con orgullo, que ellos sí sabían por quién estaban combatiendo, pues por sus medallas y sus monedas conocían su vera efigie, mientras, preguntaban a los otros, “¿acaso ustedes conocen la cara de la Libertad, por la que están luchando?”. El epítome de esta realidad lo da el hecho de que la mitad de las tropas que lucharon en ambos ejércitos en la crucial batalla de Ayacucho, estaba integrada por indios.

Este estado de situación llevó a la fabricación en toda la América Hispana de medallas con la imagen de Fernando VII y el reconocimiento al mérito y a la fidelidad de los indios que combatieron con denuedo por el mantenimiento de dicho sistema de gobierno. Todas ellas, a lo largo del tiempo, desde las ordenanzas enviadas desde el Consejo de Indias, en la época de Carlos III, hasta las disposiciones al respecto emanadas, tanto de la Corte en España, como de sus Virreyes en América, han constituido una clara política de estado, tanto de acercamiento, en el caso de los indios norteamericanos, como de evidente reconocimiento a la fidelidad de éstos, sus “beneméritos” vasallos.

Fueron ellos, quienes por devoción a “su” Rey, brindaron innumerables pruebas de arrojo y heroísmo, como muestra evidente de amor y respeto hacia su Majestad Católica, quien premió con estos ejemplares tan raros, los largos años en que pusieron en juego sus vidas, por él.

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